Sostenida parte de registros fotográficos de tendederos en zonas urbanas y rurales. Espacios que suelen ser privados, testigos mudos de la vida doméstica, se hacen visibles en la intemperie y cobran un protagonismo inesperado. Colgar la ropa, acción repetida cada día, revela un lenguaje plástico y estético en el que la vida cotidiana se hace paisaje. La ropa guarda en sus pliegues el tiempo de quienes la habitan, convirtiéndose en memoria suspendida.
En la obra, los tendederos se enlazan en una misma cuerda que se prolonga indefinidamente, configurando una línea que oscila entre lo íntimo y lo colectivo. Esa línea, a la vez horizonte e hilo conductor, cuestiona los límites territoriales tradicionales y se abre como metáfora de conexión, tránsito y globalización.
La intervención digital en las fotografías refuerza esta experiencia, trasladando la mirada del espectador hacia la sencillez de lo rutinario, pero también hacia una reflexión sobre cómo los gestos más cotidianos revelan la poética y la fragilidad de nuestra vida diaria.