Paisajes detenidos en el tiempo, arquitecturas inconclusas o abandonadas que se alzan como testigos mudos del olvido. Estas estructuras, despojadas de su función, confieren al alma un aura especial, evocan la memoria del lugar y revelan las huellas de lo que fue.
Nos hablan de los habitantes que ya no están, pero cuya presencia persiste en el vacío, en el desecho y en la grieta del muro. Son presencias mediante la ausencia, silencios que se hacen visibles en la fragilidad de lo que permanece en pie.
En estos espacios laten la fugacidad, la soledad y el abandono; una realidad que interpela sobre lo efímero del existir. Como cicatrices abiertas en el paisaje, nos recuerdan que todo lo humano es transitorio, y que aun en el desgaste se puede escuchar la resonancia de lo vivido.